fresas ecológicas

Los niños aprenden de lo que viven…

Por Beatriz García, gerente de construcción sostenible de Triodos Bank y madre de dos pequeños.

…y los mayores también.

Mamá, cuando sea mayor no pienso volver a comer nada ecológico”. Pues empezamos bien. Lo anterior no era una declaración de intenciones, fue más bien un arrebato de furia pasajera. Paula, dulce y tierna, con 6 años recién cumplidos y un enfado enorme porque su madre no le ha comprado fresas. “¿Qué pasa mamá?, ¿si Chus no tiene fresas no puedo comprarlas en otro sitio? ¡Acabamos de ir al súper y había fresas, me has engañado!”. Horror, en solo dos minutos ha conseguido agitar una bolsa con el cóctel de palabras mágicas: “no pienso volver a…”, “me has engañado…” Y ahí está Pablo, ese pequeño aliado de 3 años que rápidamente replica a su hermana: “Paula, no digas eso, mamá no te engaña, las fresas del súper no son ecológicas”. “Y qué pasa, los abuelos también comen fresas, son iguales” contesta Paula. Pablo se indigna y las palabras se le agolpan en la garganta, hasta que por fin abre su linda boca y grita: “¡son iguales pero sin “cológicas”!”

IMG-20151124-WA0012Tengo la gran suerte de haber compartido mesa con José Monedero, gerente de agricultura ecológica de Triodos Bank. Pepe, como le conocemos sus compañeros, me explicó el tratamiento de las fresas cultivadas de forma tradicional. Adoro las fresas, pero reconozco que ya no las consumo si no son ecológicas. Es evidente por el relato anterior que esto ha originado un “pequeño-gran” problema en casa; vivo con una niña que adora la fruta y más aún las fresas.

Una mañana le comento a Pepe la anécdota y me regala la solución para mis niños. Había visitado a un cliente, un agricultor propietario de un olivar, y de lo que me contó, esto es lo que les llegó a mis hijos:

“Hace mucho, pero que mucho tiempo… un señor que trabajaba en el campo, un agricultor, heredó unas tierras con olivos.

“Mamaaaá, ¿qué es un olivo? El olivo es el árbol del que crecen las aceitunas. “Ahhhhhh”.

El agricultor estaba preocupado. Dando un paseo entre sus olivos se dio cuenta de que todo estaba en silencio. Un silencio nada habitual en plena naturaleza. Llegó a pensar que tenía un problema de oído, no conseguía escuchar el zumbido de los insectos, ni el canto de los pájaros, ¿estaría también quedándose ciego? No veía ni un solo pájaro, ni una mariposa, ni una mariquita. Nada. ¿Qué me está pasando, me estaré haciendo viejo? El hombre caminaba y caminaba entre sus árboles y no entendía qué había pasado para que no hubiera vida en sus tierras.

Por fin descubrió el misterio. Los insecticidas que había utilizado el anterior dueño para evitar que los “bichitos” del campo y los pájaros se comieran las aceitunas también habían hecho que todos ellos se fueran lejos, muy lejos, buscando tierras que no estuvieran contaminadas. Los pájaros se vieron forzados a cruzar los cielos en busca de alimento, si comían esas aceitunas enferman, o incluso morían. Lo mismo sucedió con las mariposas y las mariquitas.

Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de nuestro amigo agricultor, ¡esto tiene solución! Dejó de utilizar insecticidas químicos y cuidó de sus árboles como si de sus hijos se tratase. En poco tiempo los pájaros volvieron al olivar, las mariposas volaban por todas partes y las pequeñas mariquitas hacían zumbar sus alas para posarse en las ramas de los olivos”

-“¿Mamá, cuando Chus traiga fresas iremos a comprarlas?” ¡Pues claro! -“Entonces me espero”.

Gracias Pepe por ayudarme a ver que hasta los más pequeños son capaces de entender lo que supone el uso y abuso de la agricultura tradicional y su impacto en el medio ambiente, la fauna, la flora. Y gracias a todos los que cada día se levantan por hacer de este mundo un lugar mejor.

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